Antes del accidente Álvaro y Coche eran dos jóvenes de 19 y 24 años, respectivamente, que vivían en Montevideo, una ciudad tranquila, y pertenecían a familias de la clase media uruguaya. Vivían una etapa feliz de la vida, en la que empezaban a pensar en el futuro. En el caso de Álvaro sin presiones, pero no tanto en el de Coche a quien se le había muerto su papá en el año 1966, y se sentía responsable de su familia.

Álvaro estaba cursando el último año del secundario y Coche el quinto año de la Universidad de agronomía, industria que en ese momento aún era sinónimo de prosperidad en el país. Ambos estaban de novios con sus actuales señoras y ninguno de los dos había estudiado en el Christian Brothers College, colegio al que pertenecía el equipo de rugby que organizó el viaje a Chile. Coche nunca jugó al rugby y Álvaro apenas unos años, pero en un club rival.

Coche se decidió por ir al viaje porque había ido en el año anterior y la había pasado muy bien. A esto se le sumaba que Chile estaba muy económico.

Álvaro era muy amigo del Presidente del Old Christian, club de egresados del colegio, y de uno de los jugadores del equipo, quienes lo invitaron pero por distintas razones finalmente decidieron no viajar. Ante esa resolución, Marcelo Pérez, capitán del equipo y conocido de la familia, lo llamó y Álvaro se convenció, decidiendo viajar igual.

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Coche recuerda el momento del choque y caída a la perfección, los detalles son parte de su relato inicial en las conferencias. Álvaro sin embargo no recuerda nada hasta el momento en que ya en medio de la montaña tomó la iniciativa de pararse y salir del avión. Porque en ese momento se dio cuenta de que durante el choque se había quebrado la tibia y peroné de una de sus piernas.

Esa fractura lo condicionó para el resto de la estadía en la montaña, porque había actividades que no podía hacer y la única manera de trasladarse consistía en arrastrarse sentado en un almohadón. Sin embargo, no dejándose llevar por la desesperanza asumió un rol muy importante dentro del equipo. Álvaro era quien se encargaba de la difícil tarea de apaciguar la sed de los sobrevivientes, sentándose día tras día de sol con mucha paciencia a derretir nieve para hacer agua. Porque a pesar de estar rodeados de agua congelada, la nieve les quemaba y no les sacaba la sed.

Coche por su parte como no había sufrido consecuencias físicas en el accidente ayudaba en todo lo que estaba a su alcance. Incluso realizó una excursión en la que siguieron la huella dejada por el fuselaje. Sin embargo, después de la avalancha todo cambió. Uno de sus pies se le congeló, luego le vino gangrena y nunca más pudo caminar. A partir de ese momento, empezó a sentir lo que era depender de otros.

Ambos coinciden que lo más importante fue el espíritu de equipo que se formó en la cordillera, en donde todos cuidaban de todos, no dejando caer a nadie en la desesperanza. El 10º día cuando se enteraron por radio de que se había suspendido la búsqueda, tomaron conciencia de que salir de la cordillera dependía de ellos. Pero lo que determinó y fue el puntapié final para realmente salir adelante fue el alúd, en donde perdieron a 8 amigos.

Para que dos de ellos, Roberto Canessa y Fernando Parrado, pudieran estar en condiciones de caminar a través de las montañas, todo el equipo se tuvo que sacrificar. Todos pusieron y dieron lo máximo de sí a instancias de un objetivo en común: volver a la vida.

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Álvaro recuerda ese momento como uno de los más lindos de su vida, al reencontrarse con su familia y con Margarita, su novia, sintió la felicidad de haber logrado aquello por lo que tanto había sufrido.

Al pisar el pasto verde de Los Maitenes, lugar donde aterrizaron los helicópteros del rescate, Coche sintió que la pesadilla había terminado. Y por fin sus sueños se harían realidad, podría reencontrarse con su novia, familia y amigos.

El rescate fue el 22 y 23 de diciembre del año 72. Al regresar pudieron tomarse el verano para adaptarse a la rutina y enfrentar las decisiones y vivencias que habían marcado 72 días de sus vidas. Y lentamente fueron reintegrándose a la vida social.

Coche se casó con Soledad González en agosto de 1973 y Álvaro con Margarita Arocena en junio de 1974.

Durante mucho tiempo, casi 30 años, ninguno de los dos habló del tema, más que entre ellos, el grupo de sobrevivientes, y sus afectos más íntimos. Hasta que juntos se dieron una oportunidad y se dieron cuenta de que su historia ayudaba a motivar también a otros.

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